viernes, 19 de mayo de 2017

Voy por voluntad de Dios, o el pánico al siglo

Nací el 31 de octubre de 1991, es decir que mi primeros diez años de vida, transcurrieron a la par de la última década de ese siglo, algo que en principio fue causa de un gran conflicto por muchas cosas, la primera se debe a que me enamoré con vehemencia justo a esa edad, cuando cambió el siglo y entonces las costumbres complicaban la idea generalizada que tenemos de que todo ciclo vuelve con la repetición de los números, de los años. Así que comenzó mi adolescencia en la infancia de este nuevo milenio, por lo cual yo, inconscientemente hasta hace apenas unos meses, noté que ya no formo parte de ninguna era, no viví los estragos del siglo XX, sin embargo los años que recuerdo de él me han influido de una manera extraña, pues siento que llegué tarde para ver el nacimiento de las cosas que me nutrirían (empezando por la música, el nacimiento de mis padres, de mis hermanos, de la ciudad en la que vivo); pero tampoco pertenezco a esta, porque no comprendo plenamente la vida que hoy se vive ni los juegos que hoy se juegan, no lo comprendo porque las costumbres se aprenden en la infancia.

Nací justo cuando sucedieron cosas que hoy, a pesar de no estar muy alejadas en el tiempo, ya casi nadie recuerda porque fueron sucesos que no cambiaron demasiado el rumbo del mundo, o bien son simplemente cosas que se preparaban para inaugurar el siglo XXI, justo cuando nos apurábamos a llegar para saber hasta donde nos lleva nuestro nuevo dios tecnología, algo que con temor o con emoción ya habíamos imaginado en películas, en música y en toda manifestación humana. Osea que todas las cosas que ocurrieron en los años circundantes a mi natalicio, importan más como vísperas del nuevo milenio que como parte del suyo propio.

Lo particular de mi caso, más allá de haber nacido en la recta final de un siglo cualquiera, es que nací con más leyendas cruentas que mis antepasados de otros siglos; nací con el cercano horror de las más violentas guerras, con las nuevas leyendas negras acerca de los peligros que la ciencia nos aguarda, la desolación de sabernos tan insignificantes que podemos ser clonados; nací con la paranoia de la nueva era.

Soy ahora más frágil que en mi infancia. Antes tenía escudos para protegerme: mis padres y mis amigos; ahora además  he perdido mi sabiduría, pues ya no salgo de ninguno de mis problemas. Ahora, desarmado y con sed de experiencia fácil y gratuita me arrastro a los pies de mi Dios, para pedirle que me haga crecer sin sufrimiento, pues creo en la frase, y aún más allá intuyo que es una creencia colectiva, que el tiempo se repite ciclicamente y que toda desgracia habrá de regresar, así pues espero el momento en el que comience la nueva gran guerra, la bomba atómica perfeccionada, los nuevos golpes de estado, los grandes desastres naturales (cuyos estragos podrían ser más grandes que antes, si tomamos en cuenta que los medios de comunicación no nos permitirán perdernos de ellos a través de sus lentes de cada vez mayor definición)

Nací en la víspera del tercer milenio, en la adolescencia de la tecnología que buscaba ya no sólo avanzar en beneficio de lo comercial y de la medicina, sino también del entretenimiento y de la información, por lo que los primeros documentos de tragedias y de crueldad humana datan de apenas unos decenios previos a mi. Anteriormente sólo se confiaba en las letras de personas que no sabíamos si eran soñadores, o peor aún parte de una secta que intentaba convencernos de su propia religión. En pocas palabras, los primeros recuerdos que se tienen por máquinas (como las cámaras de vídeo, o grabadoras) son lo suficientemente viejos como para volverse parte de los horrores épicos legendarios, al tiempo que son suficientemente jóvenes, como para sentirme amenazado todavía por la cercanía de trágicos acontecimientos de cuyos estragos soy quizá víctima... o podría serlo.

Camino, con sonrisas, alegre como siempre pero con miedo. No pienso que la vida es un infierno, no la mía, sin embargo es posible que las cosas cambien en algún momento; desde niño oigo decir a los adultos que las cosas están difíciles y que cuando uno es pequeño simplemente no se da cuenta de las trampas de la vida. Yo tengo miedo de lo que pueda pasar mañana, o en un minuto o en un segundo, por mi edad y por el momento en el que estoy parado, tengo miedo de ser en cualquier momento protagonista o por lo menos espectador interactivo en un cruel show que marque la vida y la historia, un antagonista a la perenne ilusión de progreso de este siglo.

Pero lo que más miedo me da, sino rabia, es no poder resguardar a mi madre de todo ello. A mi madre por darme identidad, lágrimas y sonrisas analgésicas, cuando no puedo más luego de un largo día. No me gustaría nunca que mi madre gritara por las calles mi nombre, y menos quisiera salir a  buscar entre escombros la piel más dulce que ha cobijado un alma. Como sea, a lo que le temo es a las lágrimas, pues creo que son el último recurso de resistencia que tenemos en contra de la muerte, por lo cual son más dolorosas y agónicas que las llagas, por ser débiles y aún más inútiles. Tengo miedo de estar desarmado.

Quizá digan que nací en una era en la que Dios fue sepultado, pero yo en él me resguardo del azar al que estoy condenado; porque es la luz de la razón en la que me muevo para dirigirme hacia donde su nombre significa, porque voy por voluntad de Dios. Y así sobrevivo a este siglo tan mío, que es el laberinto del que, a menos que sea una excepción de las que últimamente se sabe con más frecuencia, no saldré vivo. De algo estoy seguro, esta siglo será mi tumba.


No puedo morir sin hacer una canción digna de Dios


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