domingo, 9 de julio de 2017

La belleza de ser un perdedor



A Edith, que odiaba escucharme decir que soy un perdedor
No busco a un héroe por la cantidad de sus victorias sino por sus aventuras. Me gustan los humanos que tienen la fuerza para caminar aún con el corazón destrozado y los huesos cansados; aquellos que se saben mortales y aún buscan el encuentro con fuerzas desconocidas, casi mágicas, seguro divinas. Me enamoro con seguridad de quien tiene la capacidad de ser creyente no por costumbre sino por experiencia, de todo aquel que lleva en el espíritu las cicatrices de toda vez que ha peleado por tirar las barreras que evitan el encuentro de las almas. Siempre prefiero a las personas que sonríen con las manos vacías, desarmadas, con sólo rastros del tesoro perdido. A los perdedores.

Para ser un perdedor no es necesario ser derrotado, y nunca será permisible darse por vencido. Basta construir castillos de arena sobre el movedizo suelo del deseo, soñar con una vida en ellos y dejar que se derrumben uno tras otro, con la fe de que el siguiente será un hogar. Hay que ser obstinado en sostenerse con uñas y dientes de las ilusiones, de las nubes donde una vez nos prometieron que paseaban los ángeles.

La belleza de ser un perdedor radica en no dejar ir la esperanza, no se trata de andar con las manos vacías, se trata de entender la falta como un espacio por explorar, de buscar consuelo idealizándose como un Ulises libre e inaprensible, aún si en secreto se sabe que cambiaríamos todas nuestras andanzas por amanecer abrazados a esa mujer a la que con una mirada velada le rogamos que no ignore el espacio que nos separa.

Los perdedores llegamos tarde, a las citas y a las vidas, llegamos cuando ya nadie espera. Y nuestro arribo nadie lo hubiese percibido. Entramos a las fiestas a querer bailar pero nuestro tiempo lo desperdiciamos en bohemias interminables sin danza y con la música ignorada. Maldecimos llegar a una pista a pensar en los amores que se nos escapan, no de los brazos -eso fue hace tiempo- sino de la memoria; observamos la alegría que brota en caricias y risas de los contertulios, pensamos en que la noche acabará y la grandeza del mundo quedará reducida a un cúmulo de memorias y obsesiones, entonces brota un lamento por la suerte de nunca lograr que una de esas mujeres de ojos y baile insoportables tenga la naturalidad de descubrir su piel para nosotros. Envidiar no al hombre que la toma de la cintura y provoca su libido; envidiar la imposibilidad de ser ella y disponer de su belleza de tal manera que sólo podamos asombrarnos de ver a Dios. Y es que los perdedores somos magos sin magia, miramos un poco más que los demás sin la posibilidad de hacer. Somos simplemente idiotas con algo de esperanza (lo único grande que pueden tener los idiotas). Porque encontramos luces en cada túnel y de pronto se nos acaba el mundo. 

Somos los que caminamos por el mundo y nunca fincamos residencia

Los perdedores andamos la vida, esperando la hora de irnos a dormir, salimos aguardando la vuelta a casa. Nuestra característica es nunca encontrar un hogar y vagar  todas las tardes posibles, sentarnos a descansar viendo pasear a la gente, o la ausencia de esta, esperar a que la noche vacíe la calle y entonces quizá, sólo quizá, alguien igual de solo camine indefinidamente y con una sonrisa nos reconozca. Los corazones solitarios siempre se encuentran y se alejan en encrucijada.

Somos los más grandes vanidosos del mundo, es obligación espiritual huir de lo que nos hace bien para seguir al deseo, aún si es tortuoso, en tanto sea estético y excitante para el alma. Pues los perdedores, a falta de virtudes, no tenemos más que escuchar o ver, admirar toda la belleza como si la penitencia a nuestra culpa ancestral por siempre querer irnos, y no proteger el tesoro que nos ha sido regalado, fuera justamente el don de hallar la perfección y nunca tenerla. Y es que cuando se recorren kilómetros no se busca que el amor nos encuentre errantes como si de La llorona se tratara, construimos, a cada paso, mapas esperando una tierra prometida, nuestra tierra. Quizá la muerte.

*No revisé el texto, la ortografía la redacción, la coherencia o la la idea misma. Es un cúmulo de ideas tras una partida inevitable, dolorosa y definitva. Perdón por los inconvenientes que esto pueda causar.

viernes, 19 de mayo de 2017

Voy por voluntad de Dios, o el pánico al siglo

Nací el 31 de octubre de 1991, es decir que mi primeros diez años de vida, transcurrieron a la par de la última década de ese siglo, algo que en principio fue causa de un gran conflicto por muchas cosas, la primera se debe a que me enamoré con vehemencia justo a esa edad, cuando cambió el siglo y entonces las costumbres complicaban la idea generalizada que tenemos de que todo ciclo vuelve con la repetición de los números, de los años. Así que comenzó mi adolescencia en la infancia de este nuevo milenio, por lo cual yo, inconscientemente hasta hace apenas unos meses, noté que ya no formo parte de ninguna era, no viví los estragos del siglo XX, sin embargo los años que recuerdo de él me han influido de una manera extraña, pues siento que llegué tarde para ver el nacimiento de las cosas que me nutrirían (empezando por la música, el nacimiento de mis padres, de mis hermanos, de la ciudad en la que vivo); pero tampoco pertenezco a esta, porque no comprendo plenamente la vida que hoy se vive ni los juegos que hoy se juegan, no lo comprendo porque las costumbres se aprenden en la infancia.

Nací justo cuando sucedieron cosas que hoy, a pesar de no estar muy alejadas en el tiempo, ya casi nadie recuerda porque fueron sucesos que no cambiaron demasiado el rumbo del mundo, o bien son simplemente cosas que se preparaban para inaugurar el siglo XXI, justo cuando nos apurábamos a llegar para saber hasta donde nos lleva nuestro nuevo dios tecnología, algo que con temor o con emoción ya habíamos imaginado en películas, en música y en toda manifestación humana. Osea que todas las cosas que ocurrieron en los años circundantes a mi natalicio, importan más como vísperas del nuevo milenio que como parte del suyo propio.

Lo particular de mi caso, más allá de haber nacido en la recta final de un siglo cualquiera, es que nací con más leyendas cruentas que mis antepasados de otros siglos; nací con el cercano horror de las más violentas guerras, con las nuevas leyendas negras acerca de los peligros que la ciencia nos aguarda, la desolación de sabernos tan insignificantes que podemos ser clonados; nací con la paranoia de la nueva era.

Soy ahora más frágil que en mi infancia. Antes tenía escudos para protegerme: mis padres y mis amigos; ahora además  he perdido mi sabiduría, pues ya no salgo de ninguno de mis problemas. Ahora, desarmado y con sed de experiencia fácil y gratuita me arrastro a los pies de mi Dios, para pedirle que me haga crecer sin sufrimiento, pues creo en la frase, y aún más allá intuyo que es una creencia colectiva, que el tiempo se repite ciclicamente y que toda desgracia habrá de regresar, así pues espero el momento en el que comience la nueva gran guerra, la bomba atómica perfeccionada, los nuevos golpes de estado, los grandes desastres naturales (cuyos estragos podrían ser más grandes que antes, si tomamos en cuenta que los medios de comunicación no nos permitirán perdernos de ellos a través de sus lentes de cada vez mayor definición)

Nací en la víspera del tercer milenio, en la adolescencia de la tecnología que buscaba ya no sólo avanzar en beneficio de lo comercial y de la medicina, sino también del entretenimiento y de la información, por lo que los primeros documentos de tragedias y de crueldad humana datan de apenas unos decenios previos a mi. Anteriormente sólo se confiaba en las letras de personas que no sabíamos si eran soñadores, o peor aún parte de una secta que intentaba convencernos de su propia religión. En pocas palabras, los primeros recuerdos que se tienen por máquinas (como las cámaras de vídeo, o grabadoras) son lo suficientemente viejos como para volverse parte de los horrores épicos legendarios, al tiempo que son suficientemente jóvenes, como para sentirme amenazado todavía por la cercanía de trágicos acontecimientos de cuyos estragos soy quizá víctima... o podría serlo.

Camino, con sonrisas, alegre como siempre pero con miedo. No pienso que la vida es un infierno, no la mía, sin embargo es posible que las cosas cambien en algún momento; desde niño oigo decir a los adultos que las cosas están difíciles y que cuando uno es pequeño simplemente no se da cuenta de las trampas de la vida. Yo tengo miedo de lo que pueda pasar mañana, o en un minuto o en un segundo, por mi edad y por el momento en el que estoy parado, tengo miedo de ser en cualquier momento protagonista o por lo menos espectador interactivo en un cruel show que marque la vida y la historia, un antagonista a la perenne ilusión de progreso de este siglo.

Pero lo que más miedo me da, sino rabia, es no poder resguardar a mi madre de todo ello. A mi madre por darme identidad, lágrimas y sonrisas analgésicas, cuando no puedo más luego de un largo día. No me gustaría nunca que mi madre gritara por las calles mi nombre, y menos quisiera salir a  buscar entre escombros la piel más dulce que ha cobijado un alma. Como sea, a lo que le temo es a las lágrimas, pues creo que son el último recurso de resistencia que tenemos en contra de la muerte, por lo cual son más dolorosas y agónicas que las llagas, por ser débiles y aún más inútiles. Tengo miedo de estar desarmado.

Quizá digan que nací en una era en la que Dios fue sepultado, pero yo en él me resguardo del azar al que estoy condenado; porque es la luz de la razón en la que me muevo para dirigirme hacia donde su nombre significa, porque voy por voluntad de Dios. Y así sobrevivo a este siglo tan mío, que es el laberinto del que, a menos que sea una excepción de las que últimamente se sabe con más frecuencia, no saldré vivo. De algo estoy seguro, esta siglo será mi tumba.


No puedo morir sin hacer una canción digna de Dios


viernes, 12 de mayo de 2017

Algo sobre el azul de los hospitales

Jueves
- No me gusta Jesús, ni en la secundaria... pero lo atropellaron no lo iba a dejar. No te enojes, sabes que te doy servicio completo y dos por uno
- Pues si pero no mames, ya te había pagado la hora. ¿Al menos ya sabes como está ese wey? Te chingó el día y ya ni vas a hacer el examen
- No se Ramón, el sábado veo si despertó. Un rozón de huevos al profe y ya está. Al rato quedamos, pero ahora si un cuarto ¿eh?, nada de coches. Nomás me arreglo con el maestro. Bye
Silvya, colgó incómoda y cansada. Cobraba ochocientos pesos la cogida, no por falta de dinero; el iphone se lo compró su mamá, para el coche bastó cumplir diecisiete, era para que su belleza costara un poco más que una piel güerita a los patanes, ¿tener al mejor hombre? creyó que Ramón lo era, antes de que rompieran en la secundaria. Cómo le gustaba todavía.
Sólo Jesús fue su amigo, cuando cortó con Ramón la acompañaba a casa siempre. Ella por la costumbre le perdió el asco a su piel oscura, por eso cuando estudiaron en su cuarto no le repugnó jalársela, no porque ya lo quisiera, sino por la curiosidad de los catorce. A falta del príncipe un sapo que no le haría daño. Ese pito lo recordaba bien, por ser el primero que tuvo entre las manos. Parecía de plástico, con las venas saltadas y bien suave, ni grande ni chico, oscuro.
Sábado, 3:08 p.m. Hospital, habitación de Jesús
- ¿Ya sabías que estaba inconsciente verdad culero? siempre te ha caído mal Chuy porque sabes que a él se la chupé gratis ¿Por qué me citaste aquí?
- Es vegetal, puede ver y oír. ¿querías un cuarto no? Así ves a tu chicharo y yo desquito mi varo
- No chingues, no te las voy a dar aquí... ¿que tal si nos cachan?
Ramón prefiere no platicar y le ordena una vuelta, se acerca a apretarle las nalgas, levanta el entallado vestido azul rey. Empuja su espalda contra la pared para que sobresalga su culo, baja las bragas lo suficiente para exponer la zona del ano. Mete el indice entre sus apretadas nalgas, hasta que encuentra el orificio y lo penetra; ella corta el gemido con la mejilla en el muro. Enrojecido Jesús mira, con el cuerpo compactado, como por una cuerda.
-Cállate! -ordena Ramón mientras lástima el ano con la rapidez de sus movimientos.
- no dii... mmpfh -gime ella en tanto, cae de rodillas con las nalgas clavadas por su amigo; él saca el dedo hiriéndola, la toma del cabello y la voltea para restregar la colorada verga en la frente de Sylvia quien abre la boca para tragársela pero el la retira y la cachetea. La levanta del brazo la pone de perrito como cabalgando al paciente. Busca el clitoris para apretarlo, tan fuerte que ella sólo agita la mano en señal de rendimiento; cuando se cansa, irrumpe en el coño, raspa el falo ritmicamente contra la vagina reseca mientras le araña la espalda, y ocasionalmente le aprieta el enrojecido culo. El güerito siente alisarle los pliegues internos; ella las bolas que percuten sus nalgas. Sylvia busca el éxtasis con el vaivén de sus senos, aún con el ardor en las comisuras de la vulva y el martilleo en el vientre.
De pronto Ramón se retira con agresividad. y acuesta a Sylvia sobre el miembro de Jesús, sólo para aprisionarle la cabeza entre las piernas de este y cogerse la boca como si de un coño se tratara, al tiempo que se pone cara a cara con la del desvalido que parece dueño de la carne penetrada. Sonríe a los ojos del vegetal mientras balancea sus nalgas para hacer el unodós en las fauces de su fan. Sylvia no lucha, intenta zafarse de la pared que son los testículos de su amigo y la espada-verga de su amado. Ramón serpentea para atragantar a Sylvia que asfixiada está  apunto del desmayo. El catre cruje, ante el sometimiento de la puta fresa, que "hierve por dentro, y aprieta como nueva".
Deja de ahogar de improvisto a la niña, se levanta soltando los remos de Jesús, suelta un rugido pequeño con los ojos cerrados y escupe con el capullo apuntando sobre la cabeza de Sylvia, de tal modo que la leche cae en la cara del atropellado. Sylvia se asusta de la mirada impávida de Ramón y lo mira con curiosidad y miedo. Él la cachetea con la verga que retoma su tamaño y luego de una sonrisa prepara un escupitajo con el que bautiza a la casi ahogada.
- Puto loco! -Dice Sylvia con una mano en el pecho
- Puta Barata -Espeta Ramón tras azotar un montón de billetes en las tetas de Sylvia, se acomoda la ropa y se va.
Sylvia se pone de vuelta la tanga se quita la saliva de la entreceja, se acerca a Jesús y le limpia el semen que le escurre por la mejilla con la punta del vestido que ya se acomoda, lo toma de la cabeza para echar su cabello hacia atrás, esta a punto de besarlo en la frente cuando descubre un residuo de la semilla de Ramón, la quita con el dedo y la guarda en su boca. Da un paso hacia atrás, toma la mano de Jesús y la besa. Recoge el dinero y sale dando arcadas, a punto del vómito.

sábado, 18 de junio de 2016

Un hombre y su muerte: Un cariñoso texto desencantado para Juan Vadillo




Va vestida la memoria de escarlata
y se muere con el sol al horizonte,
y su sombra nos regresa la mirada
en el muro entre el sueño y la vigilia
laberinto de recuerdos que se apagan
Juan Vadillo

Acordes para un andante

Despeinado o peinado torpemente, pantalón de mezclilla azul claro, camisa tradicional a cuadros y un saco para ocultar la ligereza de su vestimenta o quizá que no había planchado su camisa. Alto, aunque no demasiado, barba de dos días algo canosa, esbelto con el estómago ligeramente abultado. A diferencia de los demás poetas su mirada parecía estar lejos de comprometerse con cualquier cosa, como si nada pudiese sorprenderle, no es que fuera triste es que no era aguda, tampoco misteriosa más bien parecía que sus ojos acabasen de comer y ahora solo inhalaban un poco de aire, seguros, ya sin apetito, que había entonces más felicidad en su interior. Su andar era sincero, es decir lejos de cualquier pose orgullosa, no se molestaba en ocultar su balanceo en cada paso, como si viniera de una noche de insomnio, con la cabeza inclinada de sueño, y de eso estoy segura. Su voz era juvenil, agradable, pausada pero fluida, esta sí de maestro de los que son comprensivos en la universidad. No parecía que hubiera cantado nunca, pero, por la gentileza de sus graves, si que había recitado mucha poesía.

   Su carácter era difícil pero agradable, uno sabía que siempre estaba a punto de rabiar (aunque en realidad nunca lo hizo). Hubo ocasiones, cuando me acercaba a pedirle alguna opinión acerca del trabajo de clase, que lo veía desesperado, como si mi hablar le molestara o simplemente no tuviera ganas de ver lo que le rodea, con voz áspera denotaba su desinterés por cualquier cosa que fuera artificial, por ejemplo los trotes académicos. Otros días, o incluso los mismos de sus desplantes pero minutos más tarde, detenía la clase o interrumpía a quien estuviese hablando para que escucháramos los murmullos de las aves que se habían parado en la ventana, decía que su canto era más importante que cualquier cosa que pudiésemos decir; agachaba la cabeza como recordando alguna lección de vida de sus abuelos.


Antes de que me desaparezca

En el tiempo que duró el curso (no me refiero tanto a la cátedra académica como si al tiempo en que convergimos) aprendí de él que la belleza de la danza y el toreo se encuentra en la sublimación de la muerte, en el dolor de dejar la vida, dejarse la vida, de dar la vida. Comprendí que la música es un eterno lamento que se sostiene únicamente para permanecer si no vivo si presente, más que como testamento, como un fantasma que advierte y anima a quien no le alcanza este plano para existir.

   Para evaluarse con él existían dos opciones la primera por medio de un trabajo académico de corte más o menos tradicional (prefería que no se ahondara tanto en bibliografía para que se profundizara más en las inquietudes propias); la segunda consistía en memorizar para cada sesión un poema que él decidía y recitarlo frente a todos. En realidad lo que quería era hablar de poesía y música.

   Como pretexto por el titulo de la asignatura (Poesía y música) decidió organizarse con un par de compañeros guitarristas y una más que tocaba la jarana para ofrecer una pequeña presentación frente al resto de los alumnos. Interactuaba con los pupilos más allá de las lecciones y es quizá esa cercanía lo que lo convirtió en un profesor tan entrañable desde aquel que fue el primer curso que impartió, al menos en la facultad. No eramos muchos quienes asistíamos al seminario, no más de diecicocho, aunque si consideramos el horario (viernes de cinco a siete de la noche) fue todo un éxito pues además había constancia en el quorum; y es que había algo en su carácter inestable que abonaba no tanto a sus lecturas como si a un encanto bohemio pocas veces visto en una universidad, puesto que más que hacer un repaso histórico o crítico del arte, permitía andar en libertad a sus consideraciones acerca del erotismo de la vida, de la voluptuosidad del espíritu. Para cuando terminaba la cátedra, el sol se estaba ocultando, pero había alegría entre los presentes, cierta nostalgia festiva como de día de muertos, una mezcla entre oscuridad, solemnidad, elegancia pero también ludismo, celebración y embriaguez.


El silencio y la furia

Durante el año que fui su alumna, lo vi tocar en innumerables ocasiones, ya sin los compañeros, solo, como reclamando por el cáliz, como sacrificándose. Aún lo recuerdo, lo veo, lo vivo, transportándose cada vez que desenreda su guitarra, cierra los ojos dolido por despeinar a la musa que eterna se trenza el cabello. Veo sus párpados apretados, enojados de que la belleza duela, arrancando piedras del caudal que es su canción, la sucesión de notas que fluyen para desembocar en el mar que es la muerte. Sonrío al verlo rechinar los dientes cuando se le escapa viva una gotita de agua, castiga con un gesto agrio que sus cuerdas no vibren el ritmo del destino. De pronto rasga con furia, golpea el vientre de madera, le reclama haberlo lanzado al mundo para ser para la muerte, aún llevando la vida. Un Cristo furioso. Abre los ojos, dispara una duda al estupor del tiempo, y entiende que para caminar es necesario ser ciego.

   El motivo por el que lo escribo es que quiero rendir tributo al hombre que no me enseñó a amar ni la música ni a la poesía, pero que si sembró en mi la necesidad de escribir, no es que no lo hiciera antes de conocerlo (este blog nació mucho antes de que supiera de su existencia) es que nunca había sentido ansias verdaderas por hacerlo, y es que después de sus clases me refugiaba en cualquier rincón para intentar resguardar la magia en la tinta. Siempre al salir del aula con un par de amigos, tuvimos la tentación de invitar al maestro a tomar unos tragos con nosotros, sólo una vez lo hicimos, ocasión en que nos rechazó dulcemente, argumentando que se sentía muy cansado y que de alcohol y drogas ya estaba harto.


Albas de la gitanería

Me gusta imaginarlo junto a una ventana, segundos antes del alba, tocando su guitarra, descalzo para estar en contacto con la tierra. Me lo imagino con una copa de whiskey y un cigarro apagándose con la noche; dedicándole la serenata (nunca mejor dicha la palabra) a la sultana de su juventud, suspendido, cansado pero insomne. Quisiera ser una mujer desnuda que juega a tapar su entrepierna con una cortina, mientras él dibuja un río entre mis senos. Si, no quiero ser la amada de su cante, quiero ser la tentación, el alba de su deseo, la contraparte de la mujer de su vida; que vea en mi piel más que un presente, que sea un cazador que en cada centímetro desespere para que nunca vuelva a irse la presa que ya una vez fue suya, que en su trepidación encuentre únicamente la sombra, que no deje escapar lo que en mi ha reencontrado, como el agua que la tierra hirviente le niega al sediento; que entre mis manos y mis piernas encuentre sus manos y sus piernas de otro tiempo. No quiero pues hacerle el amor, quiero sugerirme como un lienzo para que teja hilos de eternidad en mi palidez matutina. Sólo quiero que me vea y tenga sed, que nunca me toque por temor a que me desvanezca. No lo amo, me gustaría ser un fantasma para atormentarlo. Pues es un gitano.

   Soy una gitana, y se que la vida está marcada por la nostalgia, que más que un recuerdo es una espera, como si la existencia fuera únicamente la suspensión de un momento (eterno) ideal, como si fuera una vuelta al mundo antes de volver a la tierra prometida. Por eso no busco en ese hombre algo mágico o inmaterial, no creo que sea una especie de profeta a la manera en la que pensamos a nuestros ídolos, me parece un hombre de carne y hueso y por tanto insoportable: No puedo dejar de verlo como una representación de mi creencia acerca de lo que es el mundo, él es para mi lo inmaterial de lo material, porque se que se que llora y sangra, que lo mismo podría morir de una manera ridícula (atropellado por ejemplo) que de una sumamente poética (perdido en el mar), pero aún así hay un misterio insondable en su persona.

   Un humano con una vida normal, y una muerte extraordinaria. Porque deja la voz vibrando en los huesos de quien lo escucha, y es que quienes lo hemos conocido le dedicamos palabras (como estas) y horas en la madrugada escuchando las piezas con las que solía abrirnos la puerta al corazón de la belleza primigenia, esa que no pone barreras entre el amor infinito y el dolor, el amor que duele y que mata, como el abrazo de una madre, el cual al instante en que su piel nos envuelve comenzamos a sentir el pesar de tener que soltarla.

   Con un abrazo bien podríamos dibujar el horizonte que ocupa en la existencia: la vida y la muerte. El ardor de que un segundo sea uno que recién termina y empieza a convertirse en otro. Es un abrazo que es una despedida diferida porque esta es un abrazo diferente. Es un acto que significa un mejor morir, pero definitivamente nunca un buen vivir. Y es que la vida lleva siempre al dolor como cara visible del placer, en tanto que la muerte obvia el pesar y a cambio nos da la emoción de una fuerza que nos conduce entre pasajes donde la gloria sabe más, cuando se presenta.


El paisaje es un verso de olvido

Lo vi apenas, el trece de abril, en la presentación de su libro El paisaje es un verso de olvido, tan ajeno a sí, obligado a las palabras, cansado de explicar lo que por inexplicable se hizo poesía. Serio, con la guitarra impecable pero apurada. Leyó algunos de sus poemas y se acompañó de las percusiones de Jacobo Lieberman, para tocar tarantelas, blues aflamencado, jazz blueseado, la música para la bohemia burguesa de España. Lo vi repasando su historia, aferrándose a contar las exploraciones que del espíritu ha hecho por medio de poemas confesionales y quirúrgicos de lo etéreo, dejándonos su vida como un manuscrito que certifica su muerte. A mitad de la presentación estuve a punto de las lágrimas, pero me lo impedía el buen gusto; comencé a olvidarme de escucharlo, de pronto sólo pensaba que a cada palabra de sus textos le correspondía el peso de su experiencia, una búsqueda insaciable del color de cada sonido. Era un adentrarse a la luz que desde su interior proyectaba un vocablo a falta de un lenguaje propio que todos pudieran entender. Confeccionar una cadena que atraviese dimensiones para amarrar su alma e impedir que sea sepultado su paso por el mundo, cuando llegue el momento de partir. Así pues, aseguraba su muerte (su eternidad), desprendiéndose de su aliento vital, repartiendo, en quien lo encuentre, aquello que por instantáneo se atesora para siempre, su música y sus palabras.

Acerca de su libro no tengo nada que decir. Soy una gitana que sólo puede aspirar a observar el universo en sus manos. Entonces el silencio.

Juan Vadillo, un hombre cercano a la muerte.

Bardo lejano e insoportable, de ti ya no escribo, no es que te olvide. Adiós para siempre en cada día.



sábado, 9 de abril de 2016

Este es el proceso de una vida quieta


He llegado a creer que no me aterra tanto morir en el olvido (al fin polvo amnésico) como olvidarme de aquello que me hizo amar la vida. Por ejemplo olvidarme de mis juguetes viejos, antiguos, esos que con los nuevos años ya nadie jugaría, tan apegado estoy a mi infancia que a veces creo que los juguetes lloran por no tener oportunidad de hacer nuevas infancias, juguetes que por no estar rellenos de cables parecen no tener validez; cómo no querer llorar junto a ellos, junto a relojes con rostro sonriente que chillan cuando se les aprieta un botón, cómo no abrazar juguetitos de madera cuya sutileza de infancia se multiplica por haber sido manufacturados por un adulto que,  muchas veces con más ternura que un pequeño, los decora con colores irreales para un carro o una casita, colores chillantes que nadie usaría, y es que nadie sabe que los adornos a los que llamamos infantiles lo son porque facilitan la entrada a los sueños, para marcar en nuestra mirada, con luz permanente, la memoria de lo que fuimos

   Lo que despierta en mi esta nostalgia latente es una escena (costumbrista) que puede verse en  un mercado cerca de mi casa, y es que ahí en la entrada en un local despintado hay un hombre anciano, ya muy cansado, que vende esos juguetes de plástico con rebabas, de un solo color, esos que pretenden ser luchadores o camiones de carga; pokémones o barbies sin movilidad en las piernas, aviones de llantas desmontables con stickers mal impresos mostrando insignias militares. Lo único que no parece anacrónico en el mini bazar son, por su brillantez de cristal, las canicas que guarda en un contenedor de plástico, esas piezas de alegría que son dignas musas de canciones. El año de la canica hay quien dice, a veces.

  En el relegado puestecillo, a diferencia del grueso del mercado, ni siquiera hay luz, aunque si una botella de vidrio de coca cola que funge como candelabro, el cual a pesar de llevar ahí más de dos décadas aún conserva en su asiento unas gotas ya secas de la bebida; lo único en lo que ha cambiado en todo este tiempo el adorno-artefacto, hoy tan en boga por cierto, es que se ha revestido con un encaje de parafina que da la apariencia de ser perlas góticas tejidas en holanes. A un lado de la botella está enmarcado un cromo de San Martín Caballero (guardián de los negocios) con el cristal empañado de grasa, polvo y excremento de mosca. Las paredes parecen haberse pintado a principios de la década de los ochenta de color verde agua, y el techo por lo visto nunca tuvo esa suerte.

   Así pues desde hace años, no veo que el señor venda uno solo de sus juguetes, el celofán que los guarda tiene polvo, y los cartones que sostienen con grapas esas bolsas frágiles ya lucen despintados y hasta húmedos, no parece que la cosa vaya a cambiar, y a pesar de todo me gusta pensar que si aquel hombre, con la ingenuidad propia de los ancianos que parecen rogar por volver a nacer, no tuviera apuros económicos se acercaría a todos los niños que, desesperados por alguna razón, lloran a sus padres que aguardan un turno en la cola de la tortillería y les regalaría esos juguetes "corrientes" con la esperanza de calmar sus ruegos, mientras sueña que los juegan dándoles sentido dentro de una historia, que no les prenderán fuego para hacerlos interesantes, que no los despreciarán en favor de cosas más estimulantes, en las que no se requiera demasiado para imaginar sus tonos, sus funciones. Me gusta pensar que vende juguetes por retribución a la vida y ser parte de la infancia, no por necesidad.

   Cuando es hora de cerrar el mercado, a eso de las seis de la tarde, el hombre se levanta con pesadumbre de una esquelética silla de madera cuyo respaldo es un bonito tejido de mimbre, y la acomoda amorosamente en un esquina, justo debajo de su pequeño altar, sólo para luego poner encima una botella de agua sin etiqueta (no sé porque me da la impresión de que en la forma de tratar al mueble hay algo del cariño con el que acomodaba la falda, debajo de las piernas, a su difunta esposa, cuando esta agonizaba sobre la cama). Aún jorobado, como si su cuerpo hubiera tomado la forma de la vernácula silla, toma un sombrero doblado y espanta a los insectos que se posan sobre las figuritas opacas de tan viejitas, ya que es momento de acobijarlas con una cortina blanca semitransparente con indicios de lo que alguna vez fueron flores guinda, pues es tiempo de dormir y hay que arroparse para tener mañana una buena sonrisa que ofrecer. Un anhelo ámbar, como de prostituta enamorada.

  Casi siempre que paso por ahí lo veo charlando con el señor de los abarrotes y sonriendo con las encías rosas. Su ropa nunca cambia, siempre es mezclilla para el pantalón y la chamarra, una camisa color crema, o quizá blanco añejo, y un sombrero de paja de cuya copa pende un listón negro. Espera con una sonrisa cuando no se ha quedado dormido con las costillas recargadas sobre el poyo que funge de mostrador, o tal vez reproduce mentalmente los viejos boleros que en horas de trabajo tiene vedado escuchar. No me lastiman pues las finanzas del anciano, ni su soledad, o su esperanza por la que rezo para que no la pierda. Es la angustia de ver una vida arrebatada, como la de un supliciado al que se le niega el tiro de gracia, esperando a que sea la inanición, más que la pérdida de sangre, la que se encargue de él.


   Se que no digo nada cuando enumero la tristeza que me causa ver a un hombre abandonado, pero me es inevitable adaptarlo a mi, a lo que se acaba (mejor dicho a lo que se nos acaba) a las canciones de cuna que mi madre extraía de los libros de texto de mis hermanas mayores para poder arrullarme cuando recién había nacido. Pienso en mi proceso de abandono, pienso que a los cinco años mi madre me compraba juguetitos con ese señor para tener algo que hacer después de comer; pienso que cuando mi etapa de juegos terminó comenzó la era de los conflictos de identidad y la exploración de mi alma, pienso que la subsistencia de aquel hombre es la misma de hace veinte años pero sin su esposa -de quién sólo recuerdo el saludo ritual que le rendía: un beso en la frente, una sonrisa a centímetros de la cara y un beso en la mejilla-. Pienso en el momento el que deja de tener sentido el aliento por la supervivencia. Los tiempos han cambiado y no me opongo, lo que no perdono es que sólo por eso justifiquemos el silencio.


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   Ahora que reviso el texto para corregirlo lo tengo claro, lo que más me duele es mi vanidad, la que me impide aceptar que la vida de otro pueda ser tan gratificante como la mía. Y es que tras leer estas mis propias líneas caigo en la cuenta del horror que tengo a quedarme sola, sin el suficiente dinero (aquí mi codicia) para satisfacer los caprichos a los que me he acostumbrado. Tras leerme encuentro más bien una señal de alerta para mi, que me dice que las jornadas no pueden ser tan sencillas como hasta ahora me ha tocado; es, en el fondo, por eso que reclamo el difícil tránsito del señor, porque más que una empatía practico un desprecio hacia los destinos que, a causa de mi desconocimiento de la realidad, jamás podría soportar.

   Quién dice que el hombre no es inmensamente feliz viviendo únicamente de recuerdos, que prefiere ser él mismo un cantante y definitivamente no un escucha (justo lo contrario a mi que soy una escucha negada a practicar la música), que le gusta verdaderamente dormirse en el casi derruido local (así como a mi me gusta dormir en en el baño de la oficina). Quién dice siquiera que necesita el dinero, o que se preocupa por lo que no vende, puede ser incluso que de tanto convivir con sus juguetes ya hasta le duela desprenderse de ellos.

   Es quizá que sólo no me gusta su solitario peregrinar o no se, quizá me dibujo una esperanza, para resguardarme de la melancolía de pensar que lo mismo las personas que los objetos (y más aún las cosas en las que guardamos un pedacito de nuestra fe) dejan de estar presentes para nosotros. Como si aquello en lo que fincamos nuestra personalidad fueran no más que escaleras o apoyos emergentes a los que no podemos recurrir de nuevo, pues como espejismos para entonces ya habrán desaparecido, llegamos así al verdadero abismo, no al de nuestra posición con respecto al mundo (social, sexual, económica, racial, etc.), más bien al que dejamos tras nosotros como única pista, el que impide volver para reorganizar el ser, el mismo que nos arrebata todo aquello de lo que una vez nos asimos credulamente. 

   Más allá de la interpretación que pudiera dársele a mi opinión del orden de las cosas, es cierto que gracias a ello, a la relatividad de la verdad, que el cosmos funciona, pues a esta incertidumbre es a quién se debe que lo mismo existan asuntos como la solidaridad, la violencia, la hermandad, el racismo etc, pues quienes practican una u otra cosa probablemente sólo piensan desde sus propias circunstancias, ignorando, como yo lo hago cuando siento lástima (no pondré un adjetivo que suavice las cosas) por el vendedor, que lo mejor del mundo es en realidad un infinito particular y que si no hay un pasado sólido que nos respalde menos será posible edificar un bienestar homogéneo para todos.


   Sobre si mis sentimientos son de sincera compasión o asco ante la realidad que de alguna manera me toca (pues aunque no sea yo en quien acontece es parte de mis circunstancias al estar en profundo contacto con ella) aún no lo se, no creo saberlo. Lo mismo es posible que lo que hoy crea en mi un sentimiento de consideración en alguien tan específico mañana me haga querer destruir lo que considere débil, pues mi propia desilusión me dicta, a veces, que no hay solución posible para redimir a eso que ya ha agotado todo lo que tenía para ofrecer, y no porque su bondad haya terminado sino por que se le acabó el espíritu de su siglo. Sólo puedo decir, por último, que con el anciano hay un espectro de mi infancia, y en mi hay una huella de la valía de su paso por la vida.


sábado, 5 de marzo de 2016

Pastora y Rubén. Una tragedia en Oaxaca


Les comparto un texto basado en hechos reales acerca de una tragedia que sucedió en la Ciudad de México, pero que ciertos motivos me orillaron a cambiar o bien adaptar las locaciones y nombres del acontecimiento al momento en el que lo escribí. Pensaba subirlo por partes, pero no encontré puntos en los que pudiera hacer los cortes sin que se perdiera, si es que la hay, la cohesión más o menos suspensiva que intenté.

Pastora y Rubén



Recuerdo de mi infancia muchas historias de mis padres, recuerdo escucharlos decir en repetidas ocasiones que, en provincia, suelen darse los hechos más terribles que uno pudiera imaginar, no sé a la fecha si sus afirmaciones estaban basadas en lo tenebroso que hay en los grandes espacios vírgenes por la noche, o bien en la necesidad que tienen por marcar una superioridad con respecto a todo lo que se escucha de la ciudad, sin importar que para ello haya que recurrir a la nota roja, la misma que cala aún más hondo en las pequeñas poblaciones, ya que es en estas dónde comúnmente nadie pasa desapercibido, por lo mismo de su breve extensión de terreno habitado. Todos conocen a los protagonistas de la sangre, y de las lágrimas, y de cada uno de ellos es el derecho para contar la propia versión de la historia, porque prácticamente estuvieron ahí.

No obstante, de todas las historias que he oído en mi vida, ninguna me impactó tanto como la que me trajo mi hermana hace unos cuatro años, era el tiempo en el que ella, estudiante de la Escuela Normal Superior de México, se preparaba para concluir sus estudios y por ende poder dedicarse a la docencia a nivel secundaria, en su especialidad que son las matemáticas; tenía lista la tesis y los créditos completos, sólo faltaba la parte que, en palabras de ella, sería la verdadera escuela: el servicio social. Su emotiva declaración se debía más que a un auténtico deseo de aprender, a la aventura de pasar algunas semanas en el estado de Oaxaca, el lugar que le habían asignado para cumplir con la parte final de su preparación final, el poblado en el que habitaría sería Mariscala de Juárez, una localidad de población reducida aunque con suficiente espacio como para que en un tarde de juegos, cada uno de los pobladores tuviera una pequeña colina para ocultarse, en caso de que el juego elegido fueran las escondidas.

Luego del viaje de mi hermana transcurrieron tres meses, el servicio sería de cuatro, antes de que volviéramos a tenerla a la mano para poder abrazarla. Un domingo por la mañana llegó un poco sería, no diría que triste aunque si un tanto pensativa, como distraída. No nos sorprendió demasiado su regreso, pues en las llamadas que solía hacernos semanalmente para saludar nos comentó que volvería para semana santa; fuera de eso no había nada extraño, pues su estado de ánimo bien pudo ser explicado fácilmente con el siempre presente cansancio. Ese mismo día, tras comer, y como cada domingo en una familia promedio, recurrimos a la nada saludable costumbre de ver los filmes que ese día dieron en televisión, tras finalizar el primero de la tarde comenzó una película sobre patinadores jóvenes que se dedican a buscar aventuras salvajes, probando durante su camino todas las drogas que se les crucen. Fue en un momento de esta película, no recuerdo en cual a decir verdad, que mi hermana comenzó a sollozar, y como respuesta a la pregunta de mi madre habló de eso que hizo que decidiera no pasar las dos semanas de vacaciones en el lugar que antes había creído un escape a la martirizante ciudad capital.

La escuela en la que a Martha, mi hermana, le tocó la suerte de impartir las asesorías con las que terminaría la serie de requisitos indispensables para titularse,  era una secundaria corriente, parecida a cualquiera de la Ciudad de México (esto lo sé por las fotos que luego nos mostraría). El trabajo de Martha consistía en ayudar a los jóvenes en riesgo de reprobar, y no obstante que uno de los objetivos de su misión consistía en apoyo académico, al tratar con adolescentes que en la mayor de las veces tienen problemas de conducta, su labor se extendía a un plano emocional un tanto más estrecho del que suelen tener los profesores titulares con su alumnado.

Entre los muchachos que tenía a su cargo, había desde aquellos que suelen ser reconocidos como casos problema, hasta niños de una posición económica y social bastante aceptable que simplemente no querían cumplir con sus deberes; dos días de cada semana los chicos iban, después de clases, a pagar sus deficiencias educativas. Todo transcurrió en orden (lo que pueda entenderse por orden tratando con gente de secundaria) durante tres semanas según lo que ese día narró. Una semana después, tres chicos faltaron, al revisar la lista se dio cuenta que el común denominador de la triple ausencia era un mismo apellido, y más aún que dos de ellos tenían ambos apellidos iguales, por los nombres de pila se dio cuenta que se trataban de dos mujeres y un hombre, una de ellas compartía, al parecer, a sus dos padres con el varón. Luego platicó la situación con la trabajadora social, de la que ya se había hecho amiga, puesto que la empleada cubría los dos turnos, y mi hermana entraba en las últimas horas del horario matutino y salía a mitad del vespertino, así que tras comentar el incidente y dejarlo a un lado después de unos minutos prosiguieron con una plática sin importancia, hasta que Martha prefirió irse a descansar, o en realidad no sé a qué. Se fue de la escuela.

En la noche escuchó una patrulla y una ambulancia, acostumbrada a la ciudad no le dio mayor atención y se durmió. En la mañana su compañera la despertó, y con lágrimas en los ojos le dijo que ese día no irían a trabajar, pues en la noche del día anterior fue encontrado el cuerpo de un niño muerto, ahorcado, en la ventana de una casa, no sabía más. Martha le marcó a Estela, la trabajadora social, y le contestó simplemente que no sabía nada pero que junto con el director de la escuela iría a ver lo sucedido, pues el cadáver del joven portaba el uniforme de la institución.

En la tarde se reunió con su compañera, la misma que fungió como triste mensajera matinal y con Estela para hablar de lo sucedido y, según lo que nos contó, para no estar solas pues estaban temerosas. Antes de ir a casa de la trabajadora recordó a los chicos que habían faltado el día anterior, tomó sus listas y las llevó consigo; comentó su inquietud con la mujer y tras mostrarle los nombres está se sorprendió, pues si bien notaron que ninguno de los tres era el joven recién fenecido, la razón de su sorpresa respondía a que los nombres aparecían en el expediente de la policía, pues el lugar donde hallaron al muchacho era la casa de los que compartían los apellidos. Cabe resaltar que en la casa no se encontró a nadie, ni a los niños ni a los padres.

Continuaron las investigaciones esos días, tres después de lo sucedido, interrogaron a los compañeros, a los padres de familia, a los profesores, solo se sabía que no habían ido a sus clases de regularización de matemáticas, aunque si se presentaron los, por  fin se supo,  tres hermanos (gemelos unos, media hermana la otra) y el malogrado chico a sus clases normales. Salió en un momento a la luz que el muerto se llamaba Rubén y era novio de la chica mayor, la que no era gemela  y que tenía, el hasta entonces poco escuchado, por mi, y rarísimo en una población pequeña, nombre de Pastora.

Lo malo de los lugares a los que gustan, algunos románticos, de llamar paradisiacos es que por su falta de densidad de población las acciones nocturnas, criminales en este caso, si se hacen con sigilo pueden ser fácilmente ignoradas, más aún si se toma en cuenta que el espacio entre cada casa es mayor al que conocemos los que no hemos vivido fuera del centro del país; y si a eso le sumamos que vivir en la periferia de un municipio prácticamente desconocido, ubicado en las faldas de un cerro, nos da la oportunidad de salir de él en cualquier momento sin llamar demasiado la atención es que tenemos en tan reducida región  un espacio inmenso por lo borroso de las lindes que los cerros ofrecen.

El único testigo de la tragedia sólo pudo decir que vio el carro del padre de la niña aproximadamente a las ocho de la noche que corría en dirección de Huajuapan de León, como copiloto iba el abuelo de los niños, sólo eso sabía. A pesar de lo precario de la información proporcionada, no se necesitó más para emitir una alerta en los pueblos cercanos sobre un automóvil negro, con lo cual se logró detener a toda la familia para aclarar los hechos.

Antes de que se supiera todo, ya corrían los rumores y las diferentes versiones sobre lo ocurrido. Testigos gracias a su despiadada imaginación, los habitantes compartían su nueva leyenda negra para que, como en la canción de La Llorona, quien así lo deseara le agregara una nueva escena, producto de su preferencia sádica. Existía la versión de que tras una traición sentimental, la adolescente había planeado una venganza junto a sus hermanastros en contra de su fraudulento novio; algunos más decían, y en particular eran los compañeros de escuela quienes lo afirmaban, que Pastora no quería continuar con la relación por lo que el enamorado se ahorcó tras llegar a casa de su novia, y al ver que se había ido con su familia, quizá de paseo, creyó que nunca más la volvería a ver. Todas las hipótesis fueron decididamente de novatos, pues atendían más a las consecuencias de los hechos que al mismo desarrollo de los mismos.

Cuando la familia fue hallada en la casa del tío abuelo de los hermanos, tras un fuerte interrogatorio, en el que se negó en repetidas ocasiones que alguno de ellos estuviese involucrado en la tragedia, y atendiendo a las pistas halladas en el horrible escenario que a su vez se sumaron a las inconscientes insinuaciones de la familia se encontró que si bien el amor había sido el móvil del crimen, no fue así la enamorada quién lo perpetró, mucho menos sus inocentes y asustadizos hermanos que parecían esconderse en un abrazo. Las cosas, según la reconstrucción que de ellas hizo mi hermana, a fin de cuentas espectadora en la atmósfera turbia y basándose en las notas periodísticas filtradas por la vox populi, sucedieron así:

Pastora le había comentado a Rubén que quería salirse de su casa, el motivo bien conocido por todos- era que las presiones en su hogar eran demasiadas desde que el año anterior no había conseguido acabar la secundaria, y ahora a sus casi quince años además de cargar el peso familiar de los reproches y las burlas por su inconsistencia escolar, tenía que hacerse cargo de sus hermanos, menores por un año a ella, puesto que su madre había fallecido hacía apenas unos meses y su padrastro salía a trabajar todo el día. Con tanto trabajo casi no tenía tiempo para ocuparse de su relación, pues a eso se le sumaban las asesorías de la tarde, así que un día habló con sus hermanos para que los tres fuesen a pasear a las canchas, dónde se encontrarían con Rubén, así al tiempo que cuidaba de los gemelos pasaba el rato con su novio. Por los chismosos padres ajenos no había que preocuparse, pues al no tener contacto con un miembro grande de la familia no se enteraban que los niños faltaban a uno de sus deberes. Rubén, de catorce años, al ser un alumno regular no necesitaba más que el permiso de su mamá para salir a jugar fútbol con sus amigos. Los gemelos, igualmente malos alumnos, usaron el día no tanto para convivir con la pareja, prefirieron salir con los chicos a los que hacía meses que no veían por la racha que habían tenido.

Los enamorados aprovecharon el momento de soledad para compartir las caricias que ya se debían, caminaron a la casa de Pastora, valiéndose de su cercanía, entraron en la habitación y llevaron a cabo el rito frenético propio de dos jóvenes que sueñan que mañana podrán estar casados. Al concluir su danza de amor, se durmieron como para llevar a un nivel sagrado las promesas encarnadas; despertaron entre las seis y las siete, según se calculó en el ministerio público, o mejor dicho en el periódico local, cuyas conjeturas siempre son las mejor recibidas. Al no haber medio alguno que pueda documentar con exactitud la cadena de los hechos, me gusta imaginar que tras un abrazo que selló una eternidad (del mismo modo que en medio oriente funciona la armonía, es decir en sentido vertical, como se verá a continuación), oyeron ruidos de un carro que se estacionaba, se asustaron no tanto por lo que habían hecho ¿Cómo arrepentirse de haber amarrado la cintura a la felicidad?, sino porque no serían comprendidos por tan irascible padre, quien encrudecería su furia tras ver que sus hijos, no se encontraban en casa, o bien la mancillaban.

Como no tenían escapatoria se vistieron con las ropas que yacían en el suelo cual pétalos de margarita y corrieron hacia el terreno baldío que había a unos metros (esto ya no es imaginación mía pues se desprende de las indagatorias de la policía); el padre apenas entró, junto a un amigo, a la casa cuando oyó un ruido, murmullos de una voz conocida; comenzó a llamar a los niños que ahí habitaban combinando dos impulsos: el de la desconfianza que causa el no reconocer cualquier estimulo no habitual en un medio que se cree de sobra dominado, aún si este no es propiamente agresivo, y el de bestia que intenta proteger a sus crías de cualquier cosa que pudiera perturbarlos. Vio el hombre por la ventana de la cocina a personas que iban en dirección contraria a su casa, oscurecía ya y los árboles que tapaban parcialmente su visión no ayudaron a saciar la adrenalina provocada por los instintos de supervivencia ya descritos, así que ordenó a su acompañante que trajera de la camioneta el fuego. Fueron en la misma dirección de los sujetos que, aseguró, creyeron en un principio que se trataban de ladrones; a pesar de que la casa estaba en orden fue su impulso protector lo que los hizo ignorar la armonía de los objetos. Llegaron al terreno, lugar perfecto para esconderse puesto que un lado era prácticamente un barranco, no tan temible por sus altas y crujientes hierbas secas y sus árboles parduzcos y fuertes. No vieron nada, no oyeron nada, solo las ramas que pisaban y que con cada ruido quizá les susurraban que alguien se escondía.

En otro punto, los jóvenes, a punto de las lágrimas con la frente ardiendo de miedo e incomodidad, se atrincheraron tras unos árboles rodeados de rocas, descansaron un poco y trataron de alejarse más, no se dieron cuenta que uno de los hombres estaba cerca, el otro había ido a buscar a sus nietos a la casa, el acompañante era el abuelo de la joven mujer. El padre vio de nuevo correr a dos personas, eran ellos los que habían roto la paz luctuosa de su morada, silbó para llamar al patriarca de la familia, corrió tras las siluetas, cortó cartucho, les apuntó mientras cabalgaba con las piernas de quien tiene ritmo de jinete, sin preocuparse en la precisión, a punto de jalar el gatillo, reconoció en un rápido golpe de vista a Campanita, la diminuta amiga de Peter Pan estampada en una tela de color rosa, una blusa que fungía de ropa interior a manera de top. No quiso que su bestia portable escupiera plomo sobre su hijastra, él mismo le había comprado esa blusa hace tiempo en una feria, cuando estaba presentable para presumirse, no para llevarse bajo la blusa; no obstante no reconocía aún al otro individuo así que corrió con más fuerza y estando ya a dos pasos del chico sólo le bastó estirar el brazo, y como si lo fuera a decapitar tomó al joven del cuello de la camisa sudorosa, comenzaron a forcejear, es obvio quién sería el vencedor de la lucha a ras de suelo. Llegó el abuelo mientras Pastora suplicaba que acabara la lucha. Los hombres llevaron a los amantes de vuelta al horrible gigante que en nada tenía lo airoso de un molino, esta era la más húmeda mazmorra.

Una vez que entraron al cuarto de la señorita, entre los dos hombres golpearon a los muchachos, con gritos buscaban obtener la respuesta que ellos ya sabían, quizá necesitaban un aliciente para encender la mecha de la bomba. La pareja aceptó que eran novios, dijeron entrar a la casa para buscar a sus hermanos y si habían corrido era porque creían que quienes acababan de llegar eran ladrones, dicha versión, por lo inverosímil de que no reconocieran el ruido de la camioneta o las voces o los pasos de  los hombres (eso dijo el señor a la policía) fue lo que desenmascaró la mentira, el pretexto para que la ira se desencadenara. Cuando llegaron por fin los gemelos, satisfechos por el día e ignorantes de los acontecimientos, su rostro cambió de súbito al ver la faz enrojecida del abuelo que tras empujarlos los encerró en su habitación. Volvió al dormitorio de la nieta mayor para auxiliar al Goliat herido, en su venganza contra un David indefenso (si uno, porque las víctimas eran tras la ardiente aleación de la tarde un inseparable monolito). Los golpearon con palos, con la pared, con el suelo mismo, con las rocas encendidas de los puños y las piernas, todo en un mar de movimientos torpes y ridículos, no planeados sólo vomitados (imagine usted el orden y la manera, yo no puedo).

Le rompieron las piernas al infeliz, a la niña prácticamente le desfiguraron el rostro para luego subirla al carro, llevaron a los gemelos que no despertaban de la pesadilla de ver adolorida a su hermana y desde hacía poco casi madre. El abuelo se puso de copiloto y dijo unas palabras a su engendro, sólo para que este volviera a la casa, y cerrara la puerta, tras unos segundos de quietud de cristal de pronto se oyó levemente el lamento de ira, de miedo y de tristeza de yerno y suegro al unísono. El verdugo volvió a la camioneta, tomó el volante y partieron, ninguno de los menores pudo ni quiso preguntar nada.

Una vez obligado a confesar sus actos, el hombre remató diciendo que volvió a la casa para sacar a Rubén a rastras al patio y tras atarle una soga al cuello amarrarlo a la ventana de modo tal que su cuerpo se asentara en un pequeño desnivel de tierra que hacía ligeramente más profunda esa porción de tierra, sus inútiles piernas ahora servirían de contrapeso, murió de asfixia. Junto a su cuerpo bien nutrido se encontró una hoja con motivos de los Looney Tunes que decía con letra nerviosa: Aquí estoy mamá.

La barbarie, a pesar de todo no se explicaba, era imposible comprender como es que una obra que normalmente se  recompensaría con un castigo había llegado a tal nivel de violencia, la respuesta vino de uno de los psicólogos que atendieron el delito, el cual por medio de ciertas evidencias que fue recabando dio con que el hombre, desde hacía dos años abusaba de su hijastra, le prohibía tener amigos a ella y a su difunta madre, al morir está última el espacio ya de por si cerrado de la casa se volvió irrespirable, denso. El diagnóstico que apuntaba a que el padre estaba enamorado de la niña fue desechado por la justicia pero recibido con los brazos abiertos por la opinión pública, pues un triángulo amoroso es capaz de elevar a leyenda hasta a la peor de las abominaciones.

En el juicio el hombre pareció olvidar su crimen y sostenía que Pastora lo había traicionado, no respondía ya nada acerca del casi quinceañero sino lo que ya había dicho, se limitaba en alegar con la confianza de su razón. Finalizó el juicio y, yo no sé mucho de leyes como para explicarlo pero el hombre no fue a prisión a pesar de haberse declarado culpable; el abuelo recibió apenas dos años de condena por obstruir una investigación policial, mientras que su hermano, el tío abuelo de Pastora, recibió una sentencia a seis meses por el mismo delito, aunque salió libre bajo fianza con el argumento de que él no sabía lo que había ocurrido, y el estado de la joven fue explicado por el resto de la familia a sus vecinos con una caída del barranco que está a un lado de la casa en Mariscala.

Los padres del joven aunque lucharon en contra de la sentencia del señor que salió absuelto, sólo obtuvieron que lo mandaran a un centro psiquiátrico. Los niños, no obtuvieron justicia, pues los mandaron a un lugar del DIF donde entre otras cosas les enseñan un oficio, aunque particularmente a la joven, que había quedado viuda antes de tiempo, la tienen en tratamiento psiquiátrico, aunque no ha servido de mucho pues ahora ni siquiera habla.


Algunos de los habitantes creen  que si el asesino no fue castigado se debió a un soborno, que pactó con el juez a cargo, que incluía la casa y otro bienes materiales y monetarios. Eso dicen en Oaxaca quienes supieron del caso, pero yo también creería que fueron los mismos resquicios legales los que no supieron subsanar la inconformidad de las víctimas involucradas, eso se ha visto en casos que han tenido mayor repercusión a nivel mediático en el país.

 Mi hermana concluyó su servicio en medio de las disputas celebradas, las mismas que de una manera extraña terminaron un día antes de su retorno, por eso alcanzó a comprar el periódico en el que todo se relataba. No crean mucho en mí, ni en mi hermana, y menos aún en el periódico de que así hayan sucedido las cosas, lo único que les puedo comentar es que cosas así se escuchan siempre, y lo único más fuerte que diarios o noticiarios para transmitir la verdad es la voz de la gente, uno se rompe, el otro se magnifica para no perderse. Quién sabe cuántas cosas más permanecen calladas.