viernes, 12 de julio de 2019

Días de Paso: Once de Julio



A Nancy

Amanecí triste el día que te invite a tomar un café cerca de mi casa, pero amanecí con la calidez extraña de un gran julio que ya estaba tardando en ser soleado. Toda esa mañana tuve de fondo una canción que habla de la pena negra, cortesía de mi roomie. No quise desayunar pero robé un pan para quitarle al menos el hambre a mi angustia. Recuerdo prender la televisión pero no lo que vi, o si es que realmente lo hice. Me revolví hasta la tarde en las sábanas, como si tuviera que ocultar mi malestar a algún espía más solo que yo. Llegó la una y yo seguía despeinado; te escribí para preguntarte si podrías darme un espacio al anochecer, "porque confío en ti y se que eres buena consejera"; me gusta imaginar que sonreíste al responderme afirmativamente. 

Llevábamos ya un par de meses escribiéndonos por whatsapp cada cierto tiempo, por ejemplo cada semana (generalmente los miércoles), sin nada realmente importante que decir pero con toda la alegría de mi parte. Recuerdo haber llegado con demora esos días a algunas citas, al trabajo e incluso al cine por tratar de escribirte algún chiste que te hiciera gracia, si es que lo logré no me queda duda de que esos retrasos fueron las mejores decisiones de mi vida.

Dieron las lluviosas seis de ese once de julio cuando me mandaste un mensaje que decía que quizá no llegarías a la cita porque el carro de tu amiga no avanzaba y era horrible el tráfico. Quince minutos después confirmaste que si te vería. Cuando llegaste platicamos de cosas que hubiera preferido que no pasaran (las cosas no las palabras) y no por tristeza, sino por el tiempo perdido en recobrarse de lo que bien fue un llanto, así comprendí que lo malo no son las lágrimas sino las ojeras postreras ¿por qué no te conocí antes?

Lo que pretendí que fuera una charla motivacional terminó por ser un festejo de las ridiculeces de la vida y las anécdotas de todos los días, una foto de nuestra merienda queda en tu instagram. Regresé a mi casa motivado pero con el temor de una recaída en los abismos de la nostalgia pero no, llegué sonriendo, esperando primero que volviera la hermana duda o la madre tristeza... sólo llegó tu mensaje donde confirmabas que estabas bien en tu casa y me eché a dormir. Hoy sólo me molesta que llegaras a mi vida tan tarde aún si ese julio lo hiciste a la hora pactada, el retraso no fue en tiempo, fue en paz. De Alejandra, la mujer de quien huí a través de mi voz para que filtraras mi dolor apenas quedó la ira pero no el abismo, me hiciste tuyo y aún después de ti apenas me reconocería sin un pasado brevemente caminado a tu lado.

No escribo para que te acuerdes del día, ni para decirte que te quiero y que repaso por el corazón los momentos en que te volviste materia de tesoro en mi vida. Lo hago por vanidad, por la absurda necesidad de buscar un instante en el que haya señales de un hoy o quizá un mañana contigo; por la idéntica curiosidad de quien busca que un gitano le diga, por su mano, si habrá posibilidades de luego ser un santo. Quiero que me digas algo del café de esas horas, sobre la canela de las crepas o la sonrisa del camarero, algo que se pueda leer en términos de magia, como el orden que exige la brujería para ser efectiva.

Hace dos años de aquella tormenta y desde entonces te he hablado de los grandes días que he pasado contigo, de las horas que por ti se aquilataron en épocas, de todas las veces que me he resistido a separarme de ti al acabarse el día. De algún desayuno que tuvimos un Domingo, de celos míos, de un beso o de mis deseos pero nunca de que nuestros encuentros son para mi una búsqueda de signos del mundo. Busco una paleta de colores que hablen del futuro, no para ver si nos quedamos sino para saber si coincidimos, si no ahora sí luego, o al menos si en el pasado no fue un error que nos encontráramos. Es cierto hace meses que ya no hablamos, pero me ayudaste a llegar sin más heridas a este verano, fuiste un abrazo y eso me es suficiente.

por cierto, gracias por llegar vestida de rosa

Pd. Ya no te pido perdón por eso que nos hizo alejarnos de manera definitiva, para alguien de tu estatura son poco las palabras, pero ya no quiero verte porque lo prometí y al menos en ello te debo verdad.

viernes, 5 de julio de 2019

Así es la Aurora 3 (Actualización desactualizada)

Esta entrada fue escrita hace más de cinco años, por lo cual había olvidado del todo su existencia. Me parece interesante publicarla por la ternura que me da leer algo tan idealista que hoy en día sería incapaz de escribir, no tanto por su tono sino por parecerme tan ajeno a cualquier cosa que hoy en día escribiría y que de ningún modo pensaría o apoyaría si bien es una base para quien soy ahora. Si bien es un texto que intenta hablar del espíritu me es clara la manera en la que mi mundo ha cambiado un par de amores después. El título de la entrada, como de otras que dejé en el tintero de los borradores, remite al nombre de la mujer a la que considero hasta la fecha el amor de mi vida, aunque ahora todo se ha transformado.Publico el texto sin hacer correcciones de estilo o redacción y con un sonrisa condescendiente.



Desde hace algún tiempo he creído que cada cosa tiene un espíritu, esto debido a que, después de escuchar las diferentes opiniones sobre diferentes temas de mis compañeros y profesores, me he dado cuenta que definitivamente si hay algo que hermana a los hombres esto no es por cierto una visión metafísica del mundo, con esto me refiero a que, entre un ser (palabra que es por sí misma un asunto muy aparte) y otro la sensibilidad con respecto al universo se dispara de manera tal que sería un asunto irreconciliable hablar de una verdad o, cuando menos, de una realidad única que se salvara de la arbitrariedad.

Es por ésta misma razón que he pensado que la poesía, aún con sus declives (¿o simples cambios?), no muere; pues debido a la vastedad de cada visión, para cada cosa es posible encontrar una función según el momento que se decida ser glosado, con esto no quiero decir otra cosa sino que, a cada situación y para la propia variedad de estas, es posible utilizar cualquier elemento con el que, de alguna forma, pueda hallarse una analogía. Estos elementos pueden pertenecer al grupo de lo natural o lo sobrenatural y para lograr la conexión entre lo que sea que se elija representar se debe alcanzar un pensamiento propio, si se quiere partir de cero, que tenga la capacidad de soñar con lo tangible, es decir, traducir lo racional a lo irracional, hacer de cada parte fragmentable del mundo una pieza inamovible del conjunto que es creado, para no sentirnos perdidos en el caos, colorear la vida a partir de las miradas que crean y entienden, ¿no es eso lo que, después de todo, nos convierte a cada uno en protagonistas irreemplazables de la existencia?.

Ahora es necesario plantear la cuestión de la deshumanización, en cuanto a los asuntos del espíritu, y como se relaciona esto con lo anterior. A mi parecer, uno de los grandes problemas a los que nos enfrentamos en esta época es la inmediatización de nuestro comportamiento; y esto tiene que ver con la decadencia en los valores y la desaparición de cualquier sentido espiritual que no tenga que ver con una pertenencia estrictamente sectaria-religiosa. Llegado este punto, me parece pertinente aclarar que cuando hablo de espíritu lo tomo por el sentido de ese algo que le da una importancia a lo no-material y lo adscribe al subconsciente de cada individuo para que, mediante la información recibida imperceptiblemente, éste pueda comprender los parámetros básicos para convertirse en un habitante más.

Ésta conciencia espiritual no es sino una búsqueda interior de cada dilema personal, y sus respectivas intensidades, que debe ser reflejado en cada ser externo (animado o no) para así comprender los eventos que perturban lo profundo de cada cosa y su relación con nosotros. Y en este sentido conviene recordar que nada nos es ajeno pues somos parte de todo desde el momento en el que discernimos sobre aquello que nos agrada y lo que no, o incluso lo que nos es indiferente, pues hacemos un juicio a partir de una sensación interior, tenemos contacto por fuera para comprenderlo por dentro, lo inservible es cuando esto se aplica sólo a los asuntos banales.

El problema moral está relacionado con, lo que pareciera ser, un pensamiento que se ha propagado a tal punto de que cada uno creemos que el espacio en el planeta está hecho a nuestra disposición, y es por tal que en muchas ocasiones vemos a lo que nos rodea como simples muebles de nuestra cotidianidad, casi como si de un videojuego se tratase, y los elementos que no ayudan para el propio bienestar no son más que adornos para no estar solos o para decorar el suelo que pisamos; en otras palabras, nunca nos detenemos a pensar en el pasado del otro, en las vivencias o en las ideas, en su camino y en su destino, en su muerte y en su nacimiento. Es por todo esto que, al no lograr una identificación como compañeros de tierra y hermanos de viento, no hay un vínculo real que le de fuerza a una solidaridad auténtica que cierre filas frente a los embates de los tiempos, que siempre cambian de rumbo para golpear por todos los ángulos a la razón y a la virtud.

Bueno, para resumir, el objetivo último y primero de esta publicación es el de compartir mi idea sobre la importancia de no olvidar que la humanidad no es simple materia mortal, pues por cada ser en el mundo hay un universo entero que acrecienta lo ya de por sí vasto de aquello que se escapa del mundo terrenal.

Una de las cosas que me llevó a imaginar esto es el hecho de que la mayoría, si no es que todas, las personas que conozco, a pesar de que lo nieguen -o quizá sin darse cuenta-, creen en algo mágico, ya sea una situación, un momento, un objeto, etc. Esta creencia en lo mágico está al menos para mi bastante justificada, pues hay coincidencias, hay esperanzas- que no son más que la espera de coincidencias- hay entendimiento de la naturaleza, hay un gusto que rompe las fronteras de lo simple (por ejemplo la música, que no se ve, ni se siente... por medio de la piel). Esta conclusión personal está íntimamente ligada con el imaginario postmoderno que apunta a una desaparición de cualquier atributo que provenga del alma, o de cualquier lugar intangible; es por tanto que decidí aventurarme a demostrar lo contrario. Por otro lado, me parece menester aclarar que considero mágico al mundo de las ideas por el único hecho de que esta magia es la herramienta prima que nos apoya para vivir el entorno a través de lo visible, de suerte tal que nos distanciamos de lo que únicamente es utilitario, es por eso que somos.

Para explicar mejor esto se me ocurre que podríamos imaginar una piedra simple. Ahora como segundo paso pensemos en aquello para lo que esta podría funcionar, en primera instancia nos daremos cuenta que por sí sola no puede (o al menos eso parece) entender el sistema en el que se encuentra puesto que, al permanecer sedentaria, no tiene mayor alcance que su espacio mismo; sin embargo, esto cambia si la empleamos en una construcción, la cual seguramente daría un paso en dirección contraría de la perfección si careciera de una piedra específica, es decir el quehacer de las piedras está justamente en trabajar en conjunto para dar solidez a una obra. Es esta la lectura mundana que se le puede dar a una piedra a partir de sus características físicas como cuerpo material, pero el espiritu o esa caracteristica divina (entendiendo "divino" como lo que se aleja de cualquier explicación terrena) en dicha situación se reflejaría, en forma de metáfora, la idea de que un esfuerzo conjunto, que apoye cada punto de la estructura, logra mejor estabilidad en un todo, lo que finalmente nos enseña que quizá, y sólo quizá, si no hay componentes imprescindibles para el correcto funcionamiento de un mecanismo, si hay en cada uno de estos particularidades que consiguen que un resultado sea variable según la compatibilidad de las piezas. ¿Y dónde es que está la magia?, bueno pues la magia reside en que los humanos encontramos los fundamentos para nuestra vida ética, estética, metafísica y moral en los fenómenos naturales, en otras palabras, todo lo que somos y hacemos proviene de la inspiración eterna, esa que ha estado presente desde el inicio de todo y que nos ha visto nacer y crecer sólo para destruirla. Pero la imagen se hace más fuerte si tomamos en cuenta que, tal vez sean las rocas las piezas más despreciadas y menos respetadas en el orbe entero y, a pesar de ello, de carecer de pensamiento, de flexibilidad, de articulaciones, de sentidos, entre otras cosas, trabajan de forma tan organizada que lo mismo mantienen en pie a un rascacielos que engalanan al paisaje formando cuevas y grietas, cañones y montañas; y todo esto pueden hacer las piedras con sus limitantes, como si Dios quisiera darnos una muy directa lección para conducirnos como participantes de este planeta. Y con respecto a esto último creo que deberíamos afirmar, pues ya lo comprobamos, que si hay componentes a los que les faltan ciertas cualidades, no es definitivamente porque carezcan de ellas, es que simplemente no las necesitan.

Otro ejemplo, pero en el que ahora no se ve violada la esencia del objeto, es el de un bosque en el cual aún no haya entrado la mano destructora de la civilización. En él hayamos, como función útil, el hogar para una vasta diversidad de fauna y flora, un importante proveedor de oxígeno y un almacén para gran parte de nuestros alimentos; mientras que, por otro lado, este mismo bosque puede suscitar admiración debido a su composición natural, y eso sin perder su utilidad para la subsistencia de algunas especies terrestres, completamente corpóreas. Dicha dualidad funcional opera en absolutamente todo y en cualquiera de sus niveles (mundano o mágico), así que podríamos detenernos en este momento y hallar la contraparte de la utilidad de la escritura o de los fenómenos etéreos.


Es así como, creo yo, deberíamos buscar las metáforas para hacer una poesía personal que encuentre una correspondencia a cada fenómeno natural, para que de este modo más que hacer una poesía de contenido real, en todas sus esferas, y no en lo únicamente exterior.

lunes, 27 de mayo de 2019

Polvo

Hoy te espero desarmado,
no rendido
con ánimo de batalla,
abre la puerta.
Presume tus ojos, acabó la guerra.
En este pueblo a veces llueve en primavera
es común luego del bombardeo

Tantos años luchando
es inexplicable el silencio de una familia
quizá si rompiéramos un par de cosas.
Escoge las cortinas, cansadas del paisaje,
trae el florero donde guardas
los regalos de tus amores.

No es que no me gusten tus viejos vestidos
pero ¿que tal si hoy te desnudas?
quiero cerrar las cortinas,
estoy cansado de estar de pie
del mundo detrás de la ventana,
pero no la oscuridad
ilumina un poquito.

En los días de guerra
bastó tu recuerdo
No luché por una patria
es que evitaba la muerte
Supe que creciste un jardín
mientras llegaba

Se que puedes irte,
para que no marchiten los pétalos
como yo en la guerra,
no pido que esperes
a que mi frente desenrojezca
Como sea cierra la puerta,
hoy acabó la guerra.
Quiero una casa




miércoles, 18 de abril de 2018

Cartas para Alejandra: Una banda de gitanos. Por un segundo de tu cuerpo (parte 2)





Vi tus rodillas y apareció una banda de gitanos, no sé, me pareció tan alegre el color de tu tez, parecía que pocas veces tenían la oportunidad de salir al mundo, hipnotizan como un conjunto de percusiones trepidantes que llaman al baile. Sólo era piel y hueso pero se que sonreían. ¡Mira la foto! nada ilumina más la imagen, los faros detrás pintan de anaranjado nocturno el paisaje grisáceo de la ciudad pero nada más. Vinieron a mi cabeza retratos de una danza a la que no asistí, una de esas coreografías que se ahogan en vaivenes de telas de colores, quizá por la textura de tu vestido. Si, por eso imaginé una banda de gitanos: un grupito de ánimo luminoso que anda acompasado, que se turna los cantos: el mismo ritmo de tus piernas al caminar. Apenas una foto e imaginé una danza entera, vi un mundo que no podía ser estático. Es tan alegre el color que despiden que aún sin ver tu rostro sabría de tu gran día.

Tus rodillas acusan noche, el declive de una tarde de encuentros y abrazos, de cervezas frías y anécdotas chuscas. La fuerza de tus piernas niegan cualquier indicio de soledad, y que has ganado un hogar, una cama, el sueño mismo. Seguro es sábado, por la combinación de tu ropa con el ánimo, dermis color de las 12:00 a.m.

Miro la imagen y casi recuerdo brindar contigo, pero no te conocía entonces. Recreé el itinerario de tu jornada por el aura de tus rodillas. Vi la emoción de una despeinada aurora que prologa un día en el que se tienen planes: la velocidad atragantada de las horas que esperan grandes momentos, como el inicio de un viaje o el fin de un ciclo. Se dibujó de pronto en los nervios de mi piel la sonrisa con la que prometiste una madrugada a tu compañero de baile. Creo que el deja vû se debe a que te percibes tan rodeada de cariño, alegre y acobijada, tanto como me gustaría que te sintieras estando sola conmigo. Proyecté mi esperanza.

Vi tus rodillas y pensé en un bebé, sin soberbia, ignorante de la perfección de su piel, necesitado de un abrazo, envuelto en ropas brillantes. Lo imaginé dormido, amando sin saberlo, con una de sus manitas vencidas rozando el alto pecho de su madre, cerca del cuello, acariciando el escote. Tenía la cabeza expuesta ligeramente fuera del rebozo, inocente de las tormentas, seguro de su fuerza. Así tus rodillas, frágiles en apariencia, sutilmente flexionadas con un atisbo de cansada tensión, que se adivina amable por el huequito que las adorna. Calladas por lo uniforme de su textura, olvidadas de si, lejanas de la pasión que evocan en su observador silente -como una madre con su hijo-. Un niño gitano que reclama los besos de quien al mirarlo encuentra remansos de paz.


Pienso en tus rodillas y en lo que dicen de mi vida, en los nervios que mueven para proyectar mis deseos. Busco en los recuerdos, pienso en los gitanos que leen las manos y me asusto del destino fuera de mi alcance. ¿Soy yo el gitano por adivinarte? ¿o lo eres tu por despertar la magia?, ¿somos los dos? Una banda de gitanos.


Me pregunto, imagino, me ilusiono, busco una respuesta que nunca llegará.(*2)







(*1) La foto la encontré en uno de tus albumes. Estás con un amigo, lo abrazas como cómplice. Llevas un vestido café y sonríes como agradecida, parece que la foto fue un poco apurada pero con gusto. La imagen es muy alegre, en ella entreveo muchas cosas de tu carácter, por tu sonrisa, por el abrazo, por la ropa (cuando pienso en ti llevas ese look). 


(*2) No hay metáforas en esto, es una asociación automática, subconsciente. La realidad es justo esa: vi tus rodillas e imaginé un grupo de gitanos, sin más. El resto tiene que ver con la explicación racional que busqué para argumentar la correspondencia entre tus rodillas y este grupo: quizá un momento de mi vida, las circunstancias en las que entré en contacto con ellos, prejuicios acerca de las condiciones de los mismos. No sé, dudo hallar el motivo y no importa, porque siento una afinidad particular con los gitanos y el hecho de relacionarlos contigo me hace feliz. Un fenómeno parecido a asociar un nombre con una imagen no del todo coherente, o de pronto las recurrencias que tenemos con el aroma de un perfume.




domingo, 9 de julio de 2017

La belleza de ser un perdedor



A Edith, que odiaba escucharme decir que soy un perdedor

No busco a un héroe por la cantidad de sus victorias sino por sus aventuras. Me gustan los humanos que tienen la fuerza para caminar aún con el corazón destrozado y los huesos cansados; aquellos que se saben mortales y aún buscan el encuentro con fuerzas desconocidas, casi mágicas, seguro divinas. Me enamoro con seguridad de quien tiene la capacidad de ser creyente no por costumbre sino por experiencia, de todo aquel que lleva en el espíritu las cicatrices de toda vez que ha peleado por tirar las barreras que evitan el encuentro de las almas. Siempre prefiero a las personas que sonríen con las manos vacías, desarmadas, con sólo rastros del tesoro perdido. A los perdedores.

Para ser un perdedor no es necesario ser derrotado, y nunca será permisible darse por vencido. Basta construir castillos de arena sobre el movedizo suelo del deseo, soñar con una vida en ellos y dejar que se derrumben uno tras otro, con la fe de que el siguiente será un hogar. Hay que ser obstinado en sostenerse con uñas y dientes de las ilusiones, de las nubes donde una vez nos prometieron que paseaban los ángeles.

La belleza de ser un perdedor radica en no dejar ir la esperanza, no se trata de andar con las manos vacías, se trata de entender la falta como un espacio por explorar, de buscar consuelo idealizándose como un Ulises libre e inaprensible, aún si en secreto se sabe que cambiaríamos todas nuestras andanzas por amanecer abrazados a esa mujer a la que con una mirada velada le rogamos que no ignore el espacio que nos separa.

Los perdedores llegamos tarde, a las citas y a las vidas, llegamos cuando ya nadie espera. Y nuestro arribo nadie lo hubiese percibido. Entramos a las fiestas a querer bailar pero nuestro tiempo lo desperdiciamos en bohemias interminables sin danza y con la música ignorada. Maldecimos llegar a una pista a pensar en los amores que se nos escapan, no de los brazos -eso fue hace tiempo- sino de la memoria; observamos la alegría que brota en caricias y risas de los contertulios, pensamos en que la noche acabará y la grandeza del mundo quedará reducida a un cúmulo de memorias y obsesiones, entonces brota un lamento por la suerte de nunca lograr que una de esas mujeres de ojos y baile insoportables tenga la naturalidad de descubrir su piel para nosotros. Envidiar no al hombre que la toma de la cintura y provoca su libido; envidiar la imposibilidad de ser ella y disponer de su belleza de tal manera que sólo podamos asombrarnos de ver a Dios. Y es que los perdedores somos magos sin magia, miramos un poco más que los demás sin la posibilidad de hacer. Somos simplemente idiotas con algo de esperanza (lo único grande que pueden tener los idiotas). Porque encontramos luces en cada túnel y de pronto se nos acaba el mundo. 

Somos los que caminamos por el mundo y nunca fincamos residencia

Los perdedores andamos la vida, esperando la hora de irnos a dormir, salimos aguardando la vuelta a casa. Nuestra característica es nunca encontrar un hogar y vagar  todas las tardes posibles, sentarnos a descansar viendo pasear a la gente, o la ausencia de esta, esperar a que la noche vacíe la calle y entonces quizá, sólo quizá, alguien igual de solo camine indefinidamente y con una sonrisa nos reconozca. Los corazones solitarios siempre se encuentran y se alejan en encrucijada.


Somos los más grandes vanidosos del mundo, es obligación espiritual huir de lo que nos hace bien para seguir al deseo, aún si es tortuoso, en tanto sea estético y excitante para el alma. Pues los perdedores, a falta de virtudes, no tenemos más que escuchar o ver, admirar toda la belleza como si la penitencia a nuestra culpa ancestral por siempre querer irnos, y no proteger el tesoro que nos ha sido regalado, fuera justamente el don de hallar la perfección y nunca tenerla. Y es que cuando se recorren kilómetros no se busca que el amor nos encuentre errantes como si de La llorona se tratara, construimos, a cada paso, mapas esperando una tierra prometida, nuestra tierra. Quizá la muerte.

*No revisé el texto, la ortografía la redacción, la coherencia o la la idea misma. Es un cúmulo de ideas tras una partida inevitable, dolorosa y definitva. Perdón por los inconvenientes que esto pueda causar. Hay obvias referencias a textos de Rubén Bonifaz Nuño y Jaime Sabines, es aclaración

viernes, 19 de mayo de 2017

Voy por voluntad de Dios, o el pánico al siglo

Nací el 31 de octubre de 1991, es decir que mi primeros diez años de vida, transcurrieron a la par de la última década de ese siglo, algo que en principio fue causa de un gran conflicto por muchas cosas, la primera se debe a que me enamoré con vehemencia justo a esa edad, cuando cambió el siglo y entonces las costumbres complicaban la idea generalizada que tenemos de que todo ciclo vuelve con la repetición de los números, de los años. Así que comenzó mi adolescencia en la infancia de este nuevo milenio, por lo cual yo, inconscientemente hasta hace apenas unos meses, noté que ya no formo parte de ninguna era, no viví los estragos del siglo XX, sin embargo los años que recuerdo de él me han influido de una manera extraña, pues siento que llegué tarde para ver el nacimiento de las cosas que me nutrirían (empezando por la música, el nacimiento de mis padres, de mis hermanos, de la ciudad en la que vivo); pero tampoco pertenezco a esta, porque no comprendo plenamente la vida que hoy se vive ni los juegos que hoy se juegan, no lo comprendo porque las costumbres se aprenden en la infancia.

Nací justo cuando sucedieron cosas que hoy, a pesar de no estar muy alejadas en el tiempo, ya casi nadie recuerda porque fueron sucesos que no cambiaron demasiado el rumbo del mundo, o bien son simplemente cosas que se preparaban para inaugurar el siglo XXI, justo cuando nos apurábamos a llegar para saber hasta donde nos lleva nuestro nuevo dios tecnología, algo que con temor o con emoción ya habíamos imaginado en películas, en música y en toda manifestación humana. Osea que todas las cosas que ocurrieron en los años circundantes a mi natalicio, importan más como vísperas del nuevo milenio que como parte del suyo propio.

Lo particular de mi caso, más allá de haber nacido en la recta final de un siglo cualquiera, es que nací con más leyendas cruentas que mis antepasados de otros siglos; nací con el cercano horror de las más violentas guerras, con las nuevas leyendas negras acerca de los peligros que la ciencia nos aguarda, la desolación de sabernos tan insignificantes que podemos ser clonados; nací con la paranoia de la nueva era.

Soy ahora más frágil que en mi infancia. Antes tenía escudos para protegerme: mis padres y mis amigos; ahora además  he perdido mi sabiduría, pues ya no salgo de ninguno de mis problemas. Ahora, desarmado y con sed de experiencia fácil y gratuita me arrastro a los pies de mi Dios, para pedirle que me haga crecer sin sufrimiento, pues creo en la frase, y aún más allá intuyo que es una creencia colectiva, que el tiempo se repite ciclicamente y que toda desgracia habrá de regresar, así pues espero el momento en el que comience la nueva gran guerra, la bomba atómica perfeccionada, los nuevos golpes de estado, los grandes desastres naturales (cuyos estragos podrían ser más grandes que antes, si tomamos en cuenta que los medios de comunicación no nos permitirán perdernos de ellos a través de sus lentes de cada vez mayor definición)

Nací en la víspera del tercer milenio, en la adolescencia de la tecnología que buscaba ya no sólo avanzar en beneficio de lo comercial y de la medicina, sino también del entretenimiento y de la información, por lo que los primeros documentos de tragedias y de crueldad humana datan de apenas unos decenios previos a mi. Anteriormente sólo se confiaba en las letras de personas que no sabíamos si eran soñadores, o peor aún parte de una secta que intentaba convencernos de su propia religión. En pocas palabras, los primeros recuerdos que se tienen por máquinas (como las cámaras de vídeo, o grabadoras) son lo suficientemente viejos como para volverse parte de los horrores épicos legendarios, al tiempo que son suficientemente jóvenes, como para sentirme amenazado todavía por la cercanía de trágicos acontecimientos de cuyos estragos soy quizá víctima... o podría serlo.

Camino, con sonrisas, alegre como siempre pero con miedo. No pienso que la vida es un infierno, no la mía, sin embargo es posible que las cosas cambien en algún momento; desde niño oigo decir a los adultos que las cosas están difíciles y que cuando uno es pequeño simplemente no se da cuenta de las trampas de la vida. Yo tengo miedo de lo que pueda pasar mañana, o en un minuto o en un segundo, por mi edad y por el momento en el que estoy parado, tengo miedo de ser en cualquier momento protagonista o por lo menos espectador interactivo en un cruel show que marque la vida y la historia, un antagonista a la perenne ilusión de progreso de este siglo.

Pero lo que más miedo me da, sino rabia, es no poder resguardar a mi madre de todo ello. A mi madre por darme identidad, lágrimas y sonrisas analgésicas, cuando no puedo más luego de un largo día. No me gustaría nunca que mi madre gritara por las calles mi nombre, y menos quisiera salir a  buscar entre escombros la piel más dulce que ha cobijado un alma. Como sea, a lo que le temo es a las lágrimas, pues creo que son el último recurso de resistencia que tenemos en contra de la muerte, por lo cual son más dolorosas y agónicas que las llagas, por ser débiles y aún más inútiles. Tengo miedo de estar desarmado.

Quizá digan que nací en una era en la que Dios fue sepultado, pero yo en él me resguardo del azar al que estoy condenado; porque es la luz de la razón en la que me muevo para dirigirme hacia donde su nombre significa, porque voy por voluntad de Dios. Y así sobrevivo a este siglo tan mío, que es el laberinto del que, a menos que sea una excepción de las que últimamente se sabe con más frecuencia, no saldré vivo. De algo estoy seguro, esta siglo será mi tumba.


No puedo morir sin hacer una canción digna de Dios


viernes, 12 de mayo de 2017

Algo sobre el azul de los hospitales

Jueves
- No me gusta Jesús, ni en la secundaria... pero lo atropellaron no lo iba a dejar. No te enojes, sabes que te doy servicio completo y dos por uno
- Pues si pero no mames, ya te había pagado la hora. ¿Al menos ya sabes como está ese wey? Te chingó el día y ya ni vas a hacer el examen
- No se Ramón, el sábado veo si despertó. Un rozón de huevos al profe y ya está. Al rato quedamos, pero ahora si un cuarto ¿eh?, nada de coches. Nomás me arreglo con el maestro. Bye
Silvya, colgó incómoda y cansada. Cobraba ochocientos pesos la cogida, no por falta de dinero; el iphone se lo compró su mamá, para el coche bastó cumplir diecisiete, era para que su belleza costara un poco más que una piel güerita a los patanes, ¿tener al mejor hombre? creyó que Ramón lo era, antes de que rompieran en la secundaria. Cómo le gustaba todavía.
Sólo Jesús fue su amigo, cuando cortó con Ramón la acompañaba a casa siempre. Ella por la costumbre le perdió el asco a su piel oscura, por eso cuando estudiaron en su cuarto no le repugnó jalársela, no porque ya lo quisiera, sino por la curiosidad de los catorce. A falta del príncipe un sapo que no le haría daño. Ese pito lo recordaba bien, por ser el primero que tuvo entre las manos. Parecía de plástico, con las venas saltadas y bien suave, ni grande ni chico, oscuro.
Sábado, 3:08 p.m. Hospital, habitación de Jesús
- ¿Ya sabías que estaba inconsciente verdad culero? siempre te ha caído mal Chuy porque sabes que a él se la chupé gratis ¿Por qué me citaste aquí?
- Es vegetal, puede ver y oír. ¿querías un cuarto no? Así ves a tu chicharo y yo desquito mi varo
- No chingues, no te las voy a dar aquí... ¿que tal si nos cachan?
Ramón prefiere no platicar y le ordena una vuelta, se acerca a apretarle las nalgas, levanta el entallado vestido azul rey. Empuja su espalda contra la pared para que sobresalga su culo, baja las bragas lo suficiente para exponer la zona del ano. Mete el indice entre sus apretadas nalgas, hasta que encuentra el orificio y lo penetra; ella corta el gemido con la mejilla en el muro. Enrojecido Jesús mira, con el cuerpo compactado, como por una cuerda.
-Cállate! -ordena Ramón mientras lástima el ano con la rapidez de sus movimientos.
- no dii... mmpfh -gime ella en tanto, cae de rodillas con las nalgas clavadas por su amigo; él saca el dedo hiriéndola, la toma del cabello y la voltea para restregar la colorada verga en la frente de Sylvia quien abre la boca para tragársela pero el la retira y la cachetea. La levanta del brazo la pone de perrito como cabalgando al paciente. Busca el clitoris para apretarlo, tan fuerte que ella sólo agita la mano en señal de rendimiento; cuando se cansa, irrumpe en el coño, raspa el falo ritmicamente contra la vagina reseca mientras le araña la espalda, y ocasionalmente le aprieta el enrojecido culo. El güerito siente alisarle los pliegues internos; ella las bolas que percuten sus nalgas. Sylvia busca el éxtasis con el vaivén de sus senos, aún con el ardor en las comisuras de la vulva y el martilleo en el vientre.
De pronto Ramón se retira con agresividad. y acuesta a Sylvia sobre el miembro de Jesús, sólo para aprisionarle la cabeza entre las piernas de este y cogerse la boca como si de un coño se tratara, al tiempo que se pone cara a cara con la del desvalido que parece dueño de la carne penetrada. Sonríe a los ojos del vegetal mientras balancea sus nalgas para hacer el unodós en las fauces de su fan. Sylvia no lucha, intenta zafarse de la pared que son los testículos de su amigo y la espada-verga de su amado. Ramón serpentea para atragantar a Sylvia que asfixiada está  apunto del desmayo. El catre cruje, ante el sometimiento de la puta fresa, que "hierve por dentro, y aprieta como nueva".
Deja de ahogar de improvisto a la niña, se levanta soltando los remos de Jesús, suelta un rugido pequeño con los ojos cerrados y escupe con el capullo apuntando sobre la cabeza de Sylvia, de tal modo que la leche cae en la cara del atropellado. Sylvia se asusta de la mirada impávida de Ramón y lo mira con curiosidad y miedo. Él la cachetea con la verga que retoma su tamaño y luego de una sonrisa prepara un escupitajo con el que bautiza a la casi ahogada.
- Puto loco! -Dice Sylvia con una mano en el pecho
- Puta Barata -Espeta Ramón tras azotar un montón de billetes en las tetas de Sylvia, se acomoda la ropa y se va.
Sylvia se pone de vuelta la tanga se quita la saliva de la entreceja, se acerca a Jesús y le limpia el semen que le escurre por la mejilla con la punta del vestido que ya se acomoda, lo toma de la cabeza para echar su cabello hacia atrás, esta a punto de besarlo en la frente cuando descubre un residuo de la semilla de Ramón, la quita con el dedo y la guarda en su boca. Da un paso hacia atrás, toma la mano de Jesús y la besa. Recoge el dinero y sale dando arcadas, a punto del vómito.